Portada

Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid

© 2010 Mira Lyn Kelly. Todos los derechos reservados.
UN AMOR POR DESCUBRIR, N.º 1887 - marzo 2011
Título original: Wild Fling or a Wedding Ring?
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2011

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin y Julia son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-671-9852-2
Editor responsable: Luis Pugni

ePub X Publidisa

Logo colección

Un amor por descubrir

MIRA LYN KELLY

Logo editorial

Capítulo 1

EL Jazz House se encontraba en una esquina tranquila del barrio de Streeterville, en el centro de Chicago; decorado al estilo de los años treinta, era un club discreto, elegante y sobrio en cuyas salas oscuras se interpretaban canciones desgarradas y vibrantes que hacían olvidar las tensiones del día y se mezclaban con las conversaciones en voz baja.

Calista McGovern se había sentado en un taburete, al final de la barra, y se dedicaba a menear el hielo de su ginebra con tónica mientras disfrutaba de la música. El local le gustaba mucho y pensó que se podría acostumbrar a él.

Pero no tendría la posibilidad de acostumbrarse. Su trabajo la iba a mantener tan ocupada durante los dos meses siguientes que ni podría ver la luz del sol ni aprovechar la noche a efectos lúdicos. Estaba allí en calidad de directora de proyectos de la compañía MetroTrek, lo que significaba que su paso por la ciudad ventosa se limitaría a jornadas laborales interminables y sin más interrupción que el tiempo necesario para dormir un poco y comer a toda prisa.

Para ella, Chicago era la oportunidad profesional que había estado esperando. Su jefa, Amanda Martin, le había asegurado que le daría la dirección de la delegación de Londres si conseguía cerrar aquel acuerdo.

Sólo habían pasado tres horas desde que su avión aterrizó en el aeropuerto O'Hare; sin embargo, Calista ya se habría enfrascado en el trabajo de no haber sido porque la propia Amanda insistió en que saliera a divertirse por el centro. De hecho, también fue ella quien le recomendó el Jazz House.

Normalmente, Cali no era de las que hacían cualquier cosa por contentar a sus superiores; pero la perspectiva de conseguir el puesto de Londres y de reencauzar su carrera, que había estado a punto de destrozar, eran una recompensa más que razonable a cambio de doblegarse al capricho de su jefa.

Amanda conocía el club gracias a Jackson, el marido de su hermana menor. Había estado allí la última vez que había viajado a Chicago para ver a la familia, y desde entonces no hacía otra cosa que hablar de él.

En otras circunstancias, Cali se habría estremecido de espanto ante la simple mención del cuñado de Amanda. Su jefa creía que Jackson era un hombre perfecto, incapaz de equivocarse; lo admiraba tanto que Cali sospechaba que, en el fondo, estaba enamorada de él. Pero con el Jazz House había acertado plenamente.

Era un club magnífico, con un ambiente agradable y cálido que le encantó. O por lo menos, le encantó hasta que un tipo de cuarenta y tantos años se sentó junto a ella, en un taburete libre, y soltó un suspiro mientras se frotaba un ojo inyectado en sangre.

—¿Nos conocemos? —preguntó el desconocido—. Tu cara me suena mucho.

Jake Tyler se apoyó en la pared y miró a la mujer de la barra del club. Se había quedado inmóvil desde que vislumbró su melena rizada y rojiza, el conato de sonrisa de sus labios y sus largas y preciosas piernas, que tuvo ocasión de contemplar mejor cuando las cruzó y la falda se le subió un poco.

Deseaba tocarla. Deseaba llevarla a su casa y perderse en su cuerpo.

Pero la compañía femenina no formaba parte de su plan. Estaba allí para relajarse, como tantas otras veces después del trabajo. Necesitaba que el jazz eliminara la tensión de sus músculos y de su mente para volver a casa y poder descansar.

Hizo un esfuerzo y se intentó concentrar en la música en lugar de admirar a la belleza de la barra. Ya lo había conseguido cuando un individuo se acercó a ella con la intención evidente de ligar y le dijo que su cara le sonaba.

Jake pensó que era una frase tan vieja y tan manida que la debían retirar del manual de los conquistadores. Pero algunos tipos no aprendían nunca. Y algunas mujeres merecían que las dejaran en paz.

Cuando el ligón volvió a la carga, Jake se apartó de la pared y decidió intervenir.

El tipo se inclinó sobre ella, apestando a una mezcla de colonia, sudor y whisky. Cali dejó su copa en la barra y alcanzó el bolso.

Había llegado el momento de irse. La música era fantástica y el local le gustaba mucho, pero supo que no se podría librar de aquel moscardón.

—Tú estás sola y yo estoy solo... —dijo el tipo con voz pastosa.

Justo entonces, se oyó una voz profunda y tan sumamente sensual que Cali sintió un escalofrío de placer.

—Hola, guapa...

Cali se giró hacia el recién llegado, que se sentó en el taburete de la izquierda y la tomó de la mano como si fueran viejos amigos.

—Lamento haberte hecho esperar —continuó—. He salido tarde del trabajo.

—¿Cómo? —acertó a decir Cali.

El hombre le dedicó una sonrisa sexy y toda la intensidad de sus ojos azules.

Cali lo encontró tan atractivo que casi tuvo miedo. Comparado con él, el ligón que se le había acercado era una molestia inocente.

Pensó que debía levantarse y marcharse inmediatamente de allí.

Era lo que debía hacer.

Pero no lo hizo.

Respondió a su sonrisa con una inclinación de sus grandes y sensuales labios y dijo, con sarcasmo:

—Hola, guapo.

Cali contempló las proporciones hipnóticas de su salvador mientras el otro hombre se batía en retirada. Era muy alto; medía algo más de metro noventa y tenía un cuerpo tan perfecto que la boca se le hizo agua y sus sentidos se pusieron en alerta máxima. Llevaba vaqueros y una camiseta negra que enfatizaba la anchura de sus hombros, la fuerza de sus músculos y la dureza de su estómago.

En ese momento, le pareció una especie de caballero andante que se había acercado para ayudar a una damisela en apuros.

—Siento haberte llamado guapa —dijo él, dedicándole otra sonrisa arrebatadora—. Como comprenderás, debía fingir que nos conocíamos.

Cali pensó que tenía una voz increíble. Estuvo a punto de soltar una carcajada nerviosa, pero se contuvo.

—Ha sido muy eficaz. Gracias.

Carraspeó e intentó mantener la calma. No era la primera vez que llamaba la atención de un hombre atractivo, pero aquél era el hombre más atractivo que se había interesado por ella. Sus pómulos, su mandíbula y su nariz eran enormemente masculinos. Tenía el pelo de color oscuro, y tan bonito que deseó acariciárselo.

Definitivamente, era muy peligroso.

—Discúlpame... no me he presentado todavía. Me llamo Jake Tyler.

Cali estrechó su mano.

—Encantada. Yo me llamo Cali. Pero tengo que marcharme.

Él la miró con recriminación.

—¿Te vas? ¿Después de haberte librado de tu amigo? Al menos, quédate un rato y sigue escuchando la música, como hacías antes de que ese tipo te interrumpiera —declaró—. Sería una recompensa más que suficiente para mí.

Cali se estremeció al pensar que la había estado observando.

—Me ha dado la impresión de que la música te gustaba... —continuó él.

Ella se mantuvo en silencio.

—A mí me encanta el jazz. Y me gusta que a los demás les guste —insistió Jake—. He visto que ese individuo te estaba molestando y me he acercado a echarte una mano. Eso es todo. Podemos quedarnos aquí y escuchar juntos, sin prestarnos la menor atención, como si no nos hubiéramos conocido. De hecho, yo ya te he olvidado...

Cali lo miró a los ojos y se rió. Al parecer, también tenía sentido del humor.

—Ah, ¿pero sigues aquí? —bromeó ella.

Jake soltó una carcajada tan seductora que resultó contagiosa. Cuando ya se habían tranquilizado, declaró:

—Bueno, como veo que estás charlatana, hablaré contigo.

—¿Charlatana? ¿Yo?

Él sonrió.

—No es necesario que te disculpes —respondió, tomándole el pelo—. Pero ¿de qué quieres que hablemos? ¿De trabajo?

Cali pensó que era encantador. Justo la clase de distracción de la que debía huir a toda costa. Estaba en Chicago para cumplir el encargo profesional más importante de su carrera y no tenía tiempo para un hombre.

Una vez más, se dijo que debía marcharse. Sin embargo, llevaba tres años huyendo de todos los hombres interesantes que se cruzaban en su camino; tres años sin hacer otra cosa que concentrarse en el trabajo.

Y no quería huir.

Tal vez fuera por la música, por el club o porque faltaba poco para que alcanzara sus expectativas laborales. Tal vez, porque quería recordar lo que se sentía al gozar de las atenciones de un hombre como Jake Tyler.

Pero no quería huir.

Además, Jake sólo sería una diversión breve, un escarceo de una noche, una aventura inocente y sin consecuencias, alguien a quien no volvería a ver.

Alcanzó su copa, echó un trago y tomó una decisión.

—No, no quiero hablar de trabajo —respondió—. Voy a estar varios meses sin hacer otra cosa que trabajar. De hecho, ésta es mi última noche de libertad... cuando termine, perderé mi vida y mi identidad y me dedicaré íntegramente a mi profesión.

Él sonrió de nuevo.

—Ah, así que eres espía... Sí, yo también lo soy.

Dos horas después, estaban cómodamente sentados. Ella soltó una carcajada por algo que él había dicho y Jake pensó que era el sonido más bello que había oído en toda su vida. La deseaba con toda su alma. Y cuando Cali le devolvió la mirada y se echó el cabello hacia atrás, supo que el sentimiento era recíproco.

Jake contempló sus ojos verdes y le acarició suavemente el cabello. Fue un contacto leve, aunque suficiente para que los dos se estremecieran. Ella respiró hondo y se mordió el labio inferior, insegura.

Él notó su inseguridad y pensó que había ido demasiado lejos. Cali era sexy, pero también tímida; era evidente que no estaba acostumbrada a las aventuras rápidas, sin compromiso ni más fin que el placer.

—Jake, yo... —dijo ella, en un susurro apenas perceptible—. Cuando hemos empezado a hablar, me has parecido tan encantador que he pensado que nos podíamos divertir un rato. No pretendía nada más. Pero me he dejado llevar y...

Cali bajó la cabeza y se ruborizó sin terminar la frase.

Él le puso un dedo bajo la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos.

—Eh, no te disculpes. Además, disfrutar de una conversación y de cierto coqueteo no significa que estemos condenados a terminar en la cama.

Jake se sintió extrañamente aliviado por haber rechazado la posibilidad de acostarse con ella. Pero Cali le gustaba. Le gustaba de verdad.

—No sé, es que yo...

El busca de Jake empezó a sonar.

—¿Me disculpas un momento? No tengo más remedio que llamar por teléfono. Es el hospital... tengo que informarme del estado de un paciente. Sólo tardaré cinco minutos.

Cali asintió.

—No te preocupes.

Jake se levantó y caminó hacia la parte trasera del club.

Cali pensó que debía marcharse de allí. Sabía que, si su busca no los hubiera interrumpido, se habría dejado dominar por el deseo y habría sido capaz de cualquier cosa.

Lo que había empezado como un coqueteo inocente, se estaba convirtiendo en una pasión irrefrenable.

Intentó culpar a las feromonas, pero no se engañó.

Su limpio y especiado aroma la había embriagado hasta un punto que en otras circunstancias le habría parecido imposible. Además, Jake era un hombre inteligente, avispado, divertido y cariñoso; un hombre que cautivaba por dentro y por fuera; un hombre mucho más peligroso de lo que había pensado al principio.

Suspiró, apartó la copa y se levantó.

Consideró la posibilidad de salir del club y subir a un taxi antes de que Jake regresara, pero no quería ser tan insensible. Decidió que iría al cuarto de baño y que después le daría las gracias por una velada maravillosa y se marcharía sin más, sin intercambiar números de teléfono ni quedar para otro día.

Era un plan muy sencillo.

Pero segundos más tarde, mientras avanzaba por el pasillo que llevaba al cuarto de baño de señoras, la imagen de su sonrisa y de sus ojos azules volvió a su imaginación y reventó sus buenas intenciones.

Al final del pasillo, más allá del servicio, había un cartel que indicaba la sala donde se encontraban los teléfonos públicos. Cali pensó que Jake estaría allí y deseó entrar.

A fin de cuentas, sólo sería una noche.

Una noche de amor, sólo eso. Una noche después de tantos meses de dedicarse en cuerpo y alma al trabajo.

Volvió a mirar el cartel, pero se dirigió al cuarto de baño. Caminó hasta el lavabo, abrió el grifo de agua fría y se mojó la cara, intentando aclararse las ideas.

Capítulo 2

JAKE estuvo hablando sobre el paciente al que había hecho un bypass aquella misma tarde. Cuando terminó, cortó la comunicación y salió al pasillo. Justo en el momento en que Cali salía a su vez del cuarto de baño.

—¡Ah! —exclamó ella al chocar con Jake.

Jake reaccionó rápidamente e impidió que cayera al suelo. Le pasó un brazo alrededor de la cintura y apoyó la mano libre en la pared.

—No te preocupes. Ya te tengo...

Cali se quedó con el pecho y el estómago apretados contra él, de tal forma que Jake podía sentir su respiración.

Uno de los dos debería haberse apartado, pero ninguno lo hizo. El ambiente se cargó de electricidad y, justo entonces, la puerta que daba al club se cerró y el pasillo se quedó en una penumbra tan íntima como tentadora.

Jake deseó tomarla allí mismo, aunque se contuvo. Pero vio la vena que temblaba en el cuello de Cali y fue incapaz de soltarla.

—No lo hagas —murmuró ella.

Tardó un momento en comprender que Cali no estaba hablando con él, sino con ella misma.

—Cali...

Ya no había vuelta atrás. Si Cali quería rechazarlo, tendría que decirlo de forma explícita.

Pero Cali no dijo nada. No se apartó de él. No lo alejó. Bien al contrario, cerró los puños sobre la tela de su camiseta y lo miró con una determinación que acabó con las buenas intenciones de Jake.

—Sólo un beso —dijo ella—. Sólo uno.

Cali apretó los labios contra su boca y él le concedió el deseo.

Fue un beso dulce y provocador a la vez. Ella soltó un gemido de desesperación, como haciéndole ver que necesitaba mucho más. Pero él no tenía ninguna prisa; especialmente, porque sabía que su relación sería corta.

Al cabo de unos segundos, le puso una mano en la espalda, le acarició la mejilla y la miró a los ojos.

—Ha estado bien, ¿verdad? —preguntó.

Ella sonrió.

—Ha estado más que bien —respondió Cali—. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que casi había olvidado lo que se siente.

Jake se maldijo para sus adentros. No quería saberla vulnerable; no quería que le gustara tanto. Sin embargo, su voz rasgada le llegó al corazón y deseó demostrarle todo lo que se había estado perdiendo.

—Bueno, tampoco ha sido para tanto —murmuró él—. Puedo hacerlo mejor.

Los ojos de Cali se oscurecieron de repente, animándolo a seguir. Él le acarició la mandíbula con un dedo e introdujo una mano en su melena.

—Quiero otro beso. Uno más... —le rogó ella.

—Está bien. Uno más.

Jake decidió que le daría un beso con toda la habilidad y la maestría que había adquirido desde sus tiempos en el instituto. Y que aquel beso se convertiría en el preludio de una noche de pasión.

Descendió sobre ella y lamió suavemente sus labios. Cali suspiró contra su boca, húmeda y atrevida, tentándolo.

Jake inclinó un poco la cabeza, para tomar el control de la situación. Le introdujo la lengua y se dedicó a besarla, mordisquearla y lamerla en una especie de danza erótica y sugerente a la que Cali respondió con una entrega similar y apretando los pechos contra su cuerpo.

Sin romper el contacto, Jake llevó una mano a su falda y se la subió. Hasta el mismo se sorprendió por su atrevimiento, pero Cali volvió a gemir y ya no deseó otra cosa que hacerle el amor.

—Salgamos de aquí —dijo.

Ella lo miró con toda la intensidad de la que era capaz.

—No puedo, Jake. ¿No podríamos...? ¿No podemos seguir un poco más?

La mirada de Cali no admitía dudas; deseaba acostarse con él. Pero Jake pensó que aquella mujer, a la que no habían besado en tanto tiempo, no podía querer que le hicieran el amor en el pasillo de un club.

Abrió la puerta de la sala de los teléfonos públicos, la llevó a una de las cabinas y cerró la puerta a sus espaldas. Era tan pequeña que apenas cabían.

—De acuerdo —respondió al fin—. Seguiremos un poco más.

Ella se aferró a sus hombros.

—Menos mal...

Cali sabía que estaba en un terreno peligroso, pero no habría renunciado a ese momento por nada en el mundo.

Aunque habían pasado tres años desde la última vez, era consciente de que ninguno de sus encuentros amorosos anteriores había sido tan intenso y placentero. El sabor y el contacto de Jake resultaban tan abrumadores, tan adictivos, que hasta la idea de apartarse de él era físicamente dolorosa y mentalmente incomprensible.

Por otra parte, sólo iba a ser un lujo pasajero y sin consecuencias. No había nada de malo en ello.

En ese instante, Jake cerró las manos sobre su trasero y la apretó contra él, haciéndole sentir los duros contornos de su cuerpo.

Cali nunca se había sentido mejor.

Él la agarró por los muslos y la alzó en vilo; ella cerró las piernas alrededor de su caderas y Jake apretó su erección contra un punto del cuerpo de Cali que estaba especialmente necesitado de atención.

Sintió un deseo apenas contenible, un placer demasiado precioso como para renunciar a él tan deprisa.

Se dijo que esperaría un minuto más y que pondría fin a la situación.

Sólo un minuto más.

—Oh, Dios mío... —susurró, frotándose contra su sexo.

En algún lugar de su mente, una voz interior le dijo que se alejara de él, que todo aquello iba contra sus costumbres. Pero la posición que mantenían le parecía perfecta. Y ya estaba lejos de poder controlarse.